Por:

Adriana Justiniano

En el siglo XVI, durante las primeras décadas de la invasión española, el imaginario indígena estaba siendo destruido ante la llegada del cristianismo, pensamiento impuesto y obligado que negaba todo lo ajeno y todo lo desconocido. Allí nace el Taki Unquy, también escrito como Taki Onqoy en quechua, que significa “enfermedad del baile o del canto”; un movimiento que nació como una resistencia religiosa andina contra la conquista española.

Iglesias fueron construidas sobre los lugares sagrados incaicos, los escritos fueron quemados y las voces calladas bajo la misión civilizadora. Se creía que los males que vinieron con la conquista -abusos, enfermedades y hambruna- fueron producto de haber perdido su culto (Millones, 2007). Es así que, a mediados de 1500, surge este movimiento religioso indígena que, decían, era una manifestación de las “Huacas”, deidades incaicas que se apoderaban de los indígenas, los hacían bailar y cantar por días en un trance infinito para restaurar la cultura perdida.

El movimiento Taki Unquy no solo representa una revolución indígena, en forma pacífica, de canto y baile ceremoniales en contra del oscurantismo español, sino que fue una esperanza de libertad para el pueblo Inca. En la actualidad sigue siendo un símbolo de resistencia que está presente en canciones, teatro, bailes y otras artes que nos siguen recordando la importancia de este suceso.

Ilustración: Ejecución de Túpac Amaru (1615), por Felipe Guamán Poma de Ayala

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