Por: Alejandro Zárate

El altiplano, más que una región geográfica de solemne belleza, es un estado del espíritu, una metáfora de inconmensurables significados. En una de sus esquinas, en 1953, Jorge Ruiz concretó una de sus obras más perdurables y hermosas. Entre los Chipayas, ese pueblo pequeño, casi extinguido, aislado en el más árido rincón del altiplano, Ruiz encontró a la niña Sebastiana Kespi y con ella contó una historia universal.

Buscando pasto para sus ovejas, la pequeña Sebastiana se aleja demasiado de su pueblo y se adentra en territorio aymara, donde conoce a un niño con quien entabla amistad, a pesar de su mutuo extrañamiento. Así, Sebastiana descubre que existen mejores condiciones de vida fuera de su comunidad, y queda deslumbrada. Mientras tanto, su abuelo Esteban ha salido a buscarla por el inmenso altiplano. Cuando la encuentra en un pueblo aymara, Esteban le explica las bases de su cultura de origen; el milenario fundamento de su religión, de su música, de su arquitectura, de su comida, de su vestimenta y, en último término, del inigualable sentido de ser chipaya, para así convencerla de volver… ¡Vuelve Sebastiana!

Cine etnográfico, antropológico, de ficción o documental… poco importa, puesto que su perdurabilidad la sitúa más allá de las categorías críticas o académicas. Sebastiana Kespi filmó la película con diez años de edad y vivió siempre en su comunidad chipaya. No deja de ser inquietante que, a casi siete décadas de su filmación, la película siga vigente en su alegato a favor de un pueblo indígena casi olvidado, casi extinguido, casi invisible; como si le pidiera a todo el país, volver su atención a ese rinconcito de la nacionalidad. Sebastiana murió en 2019, a los 77 años de edad.

Imagen: La Razón, 03 de noviembre de 2017

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