Por:

Carolina Ortiz

La Revolución Nacional de 1952 en Bolivia significó la destrucción del viejo orden. El Movimiento Nacionalista Revolucionario que la llevó adelante junto a los obreros, constituía un opuesto al ejército y a los partidos tradicionales que habían gobernado el país hasta ese momento. Para lograr deponer todo un orden establecido atendieron de manera especial a la problemática de la identidad nacional.

Identidad, según la RAE, es el “conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás”. Lograr que los bolivianos se sintieran identificados con el nuevo orden era necesario para afianzarlo. Por eso, Carlos Montenegro instruido por el MNR, rebuscó la historia del país eligiendo a la civilización tiwanakota como instrumento de legitimación. Expusieron que la Revolución había sido claramente una manifestación del pueblo heredero de la magnificencia de Tiwanaku, y que estas raíces serían pilares para una nueva forma de contar la historia, un orgullo para los bolivianos.

Por ello, por ejemplo, rechazaron planteamientos como el del arqueólogo Wendell Benett sobre un “periodo decadente” argumentando que, en cambio, este era un periodo “expansivo”, en el cual la civilización tiwanacota comenzó a crecer. Ese orgullo de lo nacional mencionado no es algo nuevo pero sirvió, en su momento, para agrupar a todo un país en torno a un símbolo de unión.

Fotografía: Arthur Posnansky en Tiwanaku (1933)

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